viernes, 13 de diciembre de 2013

La vida quedó convertida en ella.

Las sábanas blancas escondían su piel desnuda. Sus piernas enredadas por el éxtasis. Aquel instinto de supervivencia, dejaba entrar la luz por los huecos de la persiana. Con la reliquia de sus pisadas por el suelo y siendo testigo del eco de su risa. 
Él la apartó el pelo enredado de su cara, mientras ella, dejaba caer la vista. Colocó sus manos en la cara de la joven, pretendiendo cruzarse con aquellos ojos. Aquellos grandes y hermosos ojos. Besando sus sienes, dejando secuela. Él solía sentarse frente aquel viejo piano con los pies descalzos. Deslizando sus delgados dedos por cada tecla blanca y negra. Componiendo música para ella, para la vida. Mientras, ella le observaba con cautela, en silencio. Con los ojos cerrados y el corazón abierto, como en el amor, amaba escucharle. Él siempre terminaba susurrando que ella era joven y hermosa, y ella siempre le hacía la misma pregunta: -¿Me querrás todavía, cuando ya no sea joven y hermosa?- "Sabes que lo haré", solía entender con sus besos.  
La vida. Una anciana sonriente, cubierta de arrugas, que cuentan una historia. Como las sábanas de una cama tan mojada. Que en lugar de arrugas, juran ser olas. El mar en cama después de la tormenta. Se aferró a sus manos, hasta que la vida quedó convertida en ella. 

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